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16
Ene

Alberto Romero Morachis “Alberto Morackis”

¿Qué tan pertinente puede resultar el homenaje que quisiera hurgar en la memoria, cuando quien lo amerita conserva todavía su carácter de motivo recurrente, presencia más o menos tangible en la conversación cultural de sobremesa, imagen y semejanza en el espacio de lo urbano y artístico nogalense?

Sin duda alguna Alberto Romero Morackis fue protagonista fiel de una época y un lapso, un momento que ocasionalmente pudo alargarse demasiado, diversos períodos que fueron sumándose, contrarrestándose.

Manejó siempre una estética del compromiso y la preocupación social contemporánea, un discurso tautológico tal vez pero arriesgado de seguro; retórico probablemente pero contestatario sin lugar a dudas.

Plasmó en sus murales las inquietudes de una existencia que se sabe al mismo tiempo monumental e ínfima, estrategia universal, triquiñuela doméstica, humanidad que imagina un camino directo al paraíso y paso a paso transita únicamente rodeo y vericuetos.

Así Morachis redundó sobre sí mismo y desdobló su personalidad en personaje, convocó al testigo, al cómplice fidedigno de una misión cultural que fue su propia vida, fomentó y solapó, encumbró y negó la presencia de sus cómplices.

Cabían en su horizonte, nublado tal vez por espejismos, las brechas que de generación en generación propician el vínculo tanto como el ostracismo, una disciplina de trabajo que bien pudo combinar con inspiraciones vagabundas.

Pidió y propuso lo imposible y obtuvo de ello excelentes dividendos: rentabilidad artística, los pininos de un público conocedor, la precocidad de sus epígonos. Gestionó el recurso ante las instancias adecuadas para llevar a cabo desvaríos, proyectos fundamentales, caprichos, atisbos de un horizonte luego pleno de creadores.

Cierto que hubieron polémicas en torno a su ejercicio de los ámbitos y las influencias, mas nadie debería llamarse por ello a sorpresa, pues el dominio de la cultura nogalense siempre tuvo algo de farándula y se pueden cosechar aplausos igual que pleitesías fuera de lugar, fanatismos de una devoción en ciernes u oposiciones sistemáticas, descalificación velada, enemistad a grito pelado, halago que pierde porcentaje de mesura cuando se confiesa.

En mi caso tuve apenas relación personal con él, y así me concentro mejor en la trayectoria pública de quien dejó de respirar para ser mito y anécdota, leyenda sin épica ni hoguera. Se impone pues un inventario de su obra, de ocurrencias que alcanzaron alturas insospechadas, ideas puestas al servicio de una identidad, esa raigambre, la brocha y el pincel que arrojaron luz aunque también materializaron la tiniebla.

Finalmente, a pesar de lo exhaustivo del detalle, la generalidad en algún caso, no bastan estas líneas aun si fueran posibles la continuidad y el desdoblamiento, la representación, maneras del desvelo que puede ser un develar, dimensiones del trasfondo, historias y  acontecimientos coloquiales perdidos en semblanzas y biografías…

                                                                                                                           Ulises Lavenant Brau