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22
Ene

El día que casi cabalga Indiana Jones en Álamos

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Carlos René Padilla

 

La armadura metálica de Francisco Vázquez Coronado reflejó los rayos del sol la mañana que cabalgaba a orillas del río. Contempló el valle, adornado por dos grandes cerros que se le asemejaron dos frailes que cuidaban el paso de los exploradores. Para el español eso era un augurio de buena fortuna. Detuvo el caballo. Se apeó. Hincó una de las rodillas en tierra, se santiguó y bautizó ese paso como “Real de los Frailes de los Álamos”, en conjunción con los árboles que tapizaban el lugar.

 

Vázquez Coronado comandaba una caravana conformada por 800 indios mexicanos y más de 300 españoles aquel marzo de 1540 cuando divisaron las colinas que hoy rodean la ciudad que después se llamaría simplemente Álamos. A los extranjeros europeos los movía las leyendas… y también la codicia.

 

Iban en busca de las siete ciudades de Cíbola. El mito contaba que durante la invasión mora, siete obispos huyeron de España, cruzaron el mar furtivamente y fundaron urbes llenas de riquezas al norte inexplorado del Nuevo Mundo. Los rumores difundidos entre los pasillos reales por Álvar Ricardo Núñez Cabeza de Vaca y Fray Marcos de Niza, meses antes, atizaron con más fuerzas éstas historias. Vázquez Coronado, en ese entonces gobernador de Nueva Galicia, donde actualmente se encuentra Jalisco, hipotecó la fortuna de su mujer, cobró a sus coterráneos la participación en la expedición, reunió a cientos de indígenas y emprendió la travesía que lo volvería rico y famoso.

 

Después de descansar varios días siguieron su viaje que los llevo a recorrer Sinaloa, Sonora, Baja California Norte, California, Arizona, Nuevo México, Texas, Oklahoma y Kansas. Los españoles quedaron maravillados de las bellezas naturales que descubrían a cada paso, por ejemplo, ellos fueron los primeros europeos en ver el Gran Cañón del Colorado. Pero de las edificaciones hechas con oro, indios que comían en vajilla de plata o las casas decoradas con esmeraldas, rubíes y otras joyas, nunca descubrieron nada.

 

Siglos después, en 1912, un joven boy scout junto con un amigo, en las cuevas de Utah, Estados Unidos, descubrió de manera fortuita que unos buscadores de tesoro habían localizado la Cruz de Coronado. La joya era un crucifijo con un dorsal de oro macizo y decorado con perlas en los cuatro extremos que supuestamente había pertenecido al mismísimo explorador español. El muchacho, de solo trece años, decidió aprovechar un descuido de los piratas y hacerse de la reliquia. Su intención era entregarlo a un museo. “El verdadero lugar a donde pertenece”, dijo convencido a su compañero a quien minutos antes había pedido que diera aviso a las autoridades. Desgraciadamente un mal movimiento y el ruido provocó que lo descubrieran. La persecución de los saqueadores para recuperar la cruz incluyó caballos, trenes, un rinoceronte, un tigre, un látigo y víboras, muchas víboras, que le causarían una fobia inmensa toda su vida.

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El joven, llamado Henry Jones Junior, logró llegar a su casa. Pensó que ahí estarían seguros él y la Cruz de Coronado. Esperó a que llegara el sheriff del pueblo para entregarle la reliquia. Desafortunadamente descubrió muy tarde que el alguacil estaba coludido con los ladrones. Debieron pasar veintiséis años para que Indiana Jones, seudónimo de Jones Junior, pudiera recuperar la Cruz de Coronado y llevarla, por fin, a un museo.

 

A la mejor los destinos de estos dos exploradores, uno ficticio y otro verdadero se hubieran cruzado si Francisco de Vázquez Coronado, quien dos años después de que empezó su aventura, derrotado, endeudado y con mucho menos de la mitad de su expedición menguada hubiera entendido la señal de esas montañas. Vázquez Coronado moriría tres años después sin volver a pisar ese lugar que consideró de buena fortuna al inicio de su travesía, Real de los Frailes de los Álamos.

 

La historia fuera otra si hubiera comprendido que lo que los monjes querían decirle era que en sus entrañas, en esos cerros milenarios que observó maravillado, se escondían minas de plata que convirtieron a Álamos, un par de siglos después, en la ciudad más rica e importante del Noroeste de México.

 

Tal vez ese descubrimiento también hubiera influido en la historia de Indiana Jones y sus guionistas y en vez de cabalgar por el desierto americano fueran las adoquinadas calles de Álamos y la Cruz de Coronado se hubiera forjado gracias al metal extraído de sus minas como un triunfo de la riqueza dada por esta tierra. Tal vez.

 

Lo que queda demostrado es que muchos lugares se fundan gracias a leyendas y mitos… y Álamos vaya que tiene cimientos fuertes.