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20
Ene

Mala Rumba en el Festival Alfonso Ortiz Tirado 2019

“El arte no es un accesorio, crea unidad”

Juan José Flores Nava
En Álamos, estos días el reloj parece girar —o avanzar— a una velocidad distinta de la
normal. Se siente como si el tiempo ya no fuera ese tiempo del reloj al que estamos
acostumbrados. Aquí, en Álamos, en el FAOT 2019, el que domina es el tiempo que
marcan las figuras musicales sobre el pentagrama: redondas, blancas, negras, corcheas,
semicorcheas, fusas, semifusas. Los compositores, los intérpretes, los cantantes, hacen lo
que quieren con ellas. Al fin que ahora, en este lugar, en la tierra del doctor Alfonso Ortiz
Tirado el tiempo está hecho de pura música. Y por lo tanto, es a ellos (compositores,
intérpretes, cantantes) a quienes les pertenece.

Eso a veces desconcierta a la gente, pero también la anima; la reconfigura. Cosa de haber
visto ayer en La Alameda de esta ciudad, la cara de sorpresa de muchos al reconocer la
canción, pero no el tiempo, no el ritmo, no las respiraciones habituales que imprimen en
fascinante ejecución Miguel y Miguel cuando cantan Sonora y sus ojos negros. Ayer,
pasadas las cinco de la tarde, los chicos de Mala Rumba le quitaron las ínfulas norteñas a
esta letra compuesta por el michoacano Bulmaro Bermúdez, para darle un refrescante
aire flamenco. Y les funcionó: el público salió de la incertidumbre con la que los miraba en
un principio, para trasladarse con ellos a la confianza del momento que proponían: uno en
el que el tiempo es definido por dos guitarras, una flauta, percusiones y el canto.

“La flauta crea una atmósfera especial, muy emotiva —dice Juan Romo, percusionista de
Mala Rumba—. Jankar Lofenzana es muy místico en sus interpretaciones. Muchas veces,
cuando él está tocando, yo cierro los ojos y con los sonidos que produce puedo ver
muchos colores”.

Mala Rumba es una agrupación originaria de Los Cabos, Baja California Sur. Surgió hace
cuatro años como un dueto integrado por los guitarristas Roberto Carrasco y Édgar
Kitazawa, a quienes después se sumaron Jankar Lofenzana (flauta) y Juan Romo
(percusiones). Su estilo es ecléctico, variado, versátil. Ayer, en La Alameda de Álamos,
durante su participación en la XXXV edición del Festival Alfonso Ortiz Tirado, lo dejaron
muy claro: lo mismo tocaron piezas originales, como Andar y andar, que corridos norteños
como el ya citado Sonora y sus ojos negros y hasta una que otra rolita del rock más clásico
como Kashmir de Led Zeppelin.

Habla nuevamente Juan Romo: “Por eso nos llamamos Mala Rumba, porque hacemos lo
que queremos. En nuestro trabajo tratamos de proyectar ese abanico de influencias
musicales que tiene cada uno de nosotros. Quizá eso es lo que distingue a Mala Rumba.
Sin duda, vivir en Los Cabos nos ha definido como grupo. Hay un nicho de mercado muy
estándar que va de acuerdo al gusto de los americanos; canciones que todo mundo toca.
En Cabo las llaman “cumbias gringas”. Lo que hicimos nosotros, entonces, fue buscar un
equilibrio: tocamos algo de lo que a ellos les gusta, pero lo hacemos de modo tal que
también nos guste a nosotros. Así, todos los arreglos están permeados de nuestras
influencias: desde la rumba hasta los corridos; desde el rock hasta la música del sur de la
India, pasando por la música cubana y la world music.”
—No es nada ordinario tener una flauta en un ensamble que lleva en su origen la rumba,
el flamenco, la influencia cubana, —le digo a Juan Romo.
—Puede parece incluso más raro —me dice— si consideras que en algunas piezas Jankar
no mete escalas occidentales, sino que usa ragas. Él estudió música en la India y las ragas
son del sur de la India. Le da un toque muy característico a lo que hacemos.
Apunta la Wikipedia que “raga” significa literalmente color, modo o estado de ánimo. Y
eso es precisamente lo que crea Jankar Lofenzana cuando hace sonar la flauta (o su voz):
atmósferas. Una serie de sensaciones que contrastan, en otras piezas, con la voz de Édgar
Kitazawa, áspera, muy rasposa, con influencias del cante gitano, sin duda, pero con toques
de rock acaso del thrash metal. Una fusión muy peculiar, aunque por momentos da la
impresión de que es algo forzada. Las percusiones, por su parte, tienen como base el cajón
flamenco y el darbuka o derbake, un pequeño tambor originario de Egipto, que suenan
con duras influencias de funk y ritmos cubanos: música caliente.
—Por momentos —le comento a Juan— las guitarras son muy intensas.
—¡Y eso que aquí aventamos un show mesurado! Cuando tocamos pura rumba se vuelve
un espectáculo más energético. Roberto [uno de los dos guitarristas] trae toda la
influencia del rock: su forma de interpretar es muy visceral. Y a Édgar le gusta darle mucho
calor a la música.
—Son ya cuatro años de Mala Rumba. Un disco. ¿En qué momento se hallan?
—Estamos en la adolescencia —responde Juan Romo—. Estamos migrando a canciones
propias, pero nos gusta mucho tocar covers. Apostamos por un crecimiento gradual, sin
forzar nada. Hoy en Internet se genera mucho contenido. Y sí, el contenido es el rey, pero
el contexto es Dios. El contexto juega un papel importantísimo. Puedes tener un producto
extraordinario, excelente, pero si no tiene el contexto adecuado no florece.
—¿A qué se refiere con el contexto?

—Que hagas saber cuál es tu narrativa: de dónde vienes, a dónde vas, por qué existes, con
qué contribuyes, cuál es tu postura. Si no estás comprometido con algo, con cualquier
cosa, te tumban.
—¿Y cuál es el compromiso de Mala Rumba?
—Desarrollar lo que ya tenemos, explorar y ser fieles a nuestra propia voz y poner lo que
hacemos al servicio de los demás. Creemos que el arte no es un accesorio para la
sociedad, el arte ayuda, por ejemplo, a desarrollar el pensamiento abstracto en los niños,
pero también genera unidad. Socialmente tiene un efecto. Y para influir de manera más
fuerte y eficiente, tienes que crecer, tienes que tener una voz. Mala Rumba ya está en ese
proceso: desarrollar nuestra propia voz para ponerla al servicio de la humanidad. Sabemos
que el éxito es una carrera de resistencia.32931441728_77ac4609b6_o 39842273893_c58094e884_o 39842273903_155e530925_o