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23
Ene

Recuerdos de un fonógrafo enamorado

Betsabé Brito (2)

L. Carlos Sánchez

Desde el recuerdo: sinónimo de nostalgia. La memoria que acude al encuentro con uno mismos. Son las notas de un piano que dictan los pasos por la vida, el recurrente canto de una melodía que jamás olvidaremos.

Desde el la palabra fonógrafo: Aparato para registrar y reproducir el sonido que consiste en un cilindro donde una aguja, conectada a una lámina sensible, inscribe las vibraciones de los sonidos; al girar el cilindro, de modo que la aguja se deslice encima de las incisiones, pone en vibración la lámina y reproduce los sonidos.

Andar la vida y provocar que la oscuridad nos llené de luz. Los sentidos prestos cuando ya se escucha al operador del teatro decir Tercera llamada.

Que se apaguen las rutinas, que los celulares enciendan su modo vuelo, que el canto aflore para treparnos en esa barca de ensueño en la que habremos de recorrer la sempiterna existencia de esos seres que nos arrullaron cuando niños.

Que el silencio exterior nos avive el interior para sumergirnos en los Recuerdos de un Fonógrafo Enamorado, que es el título del programa que está ya, aquí.

Si parece que lo escucho con su voz siempre briaga, si parece que lo miro con sus ojos abotagados de emoción. Betsabé Brito Urdapilleta, soprano, canta acompañada al piano por Mitchel Casas, juro por mi madre que yo en su voz escucho a mi padre contarme el significado que le representa el Vals Alejandra.

A eso venimos al teatro, para eso existe el Festival Alfonso Ortiz Tirado (FAOT) que ya alcanza su trigésima sexta edición.

Para que la estridencia no nos borre de la vida que es recuerdo. Para eso penetramos el recinto, para encontrar lo que buscamos: la música. El ensueño siempre perseguido que significa la consumación del arte en nuestros sentidos.

Acatando estas premisas, esta noche de concierto en Teatro de la Ciudad de Casa de la Cultura, en Hermosillo, y como subsede de FAOT, nos bebemos con la disposición en la piel, el repertorio de la soprano que viste de sirena, que hace lo que sabe hacer.

Vivimos pues el misterio sugerente que implica la luz ámbar que cae sobre el piano. La sugerencia de una o muchas noches de pasión. El desvelo apasionado del que me contara mi padre en la triste soledad del último trago cuando ya la madrugada se dibuja impostergable.

Cada uno de los espectadores viviendo su propia película como reacción de esas piezas que incluye el programa: Vals Dios nunca muere, de Macedonio Alcalá Prieto; Vals poético (piano) de Felipe Villanueva; Vals El faisán, música de Miguel Lerdo de Tejada… y por ahí la nómina que implica, obviamente, la nostalgia otra vez.